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domingo, 22 de agosto de 2010

¿CUÁL ES LA VISIÓN DEL CURSO ACERCA DEL SEXO?

Escrito por Greg Mackie, traducido al castellano por Patricia Besada de Milagros en Red, www.milagrosenred.org
Respuesta corta

Como toda otra forma en el mundo, el sexo lo fabricó el ego con el propósito de mantener la separación, pero también puede usarlo el Espíritu Santo con el propósito de comunicar la unión. Lo que el sexo sea para nosotros depende del propósito que le demos.

Respuesta expandida

El Curso dice muy poco acerca del sexo en sí, pero sí dice mucho acerca del cuerpo y del modo en que lo usamos. El sexo, por supuesto, es un fenómeno centrado en el cuerpo. Por lo tanto, en la siguiente contestación (que expande la respuesta corta más arriba), tomaré lo que el Curso dice en forma más general acerca del cuerpo, y lo aplicaré al tema específico del sexo. Comenzaré con las «malas noticias» acerca del sexo (esto se pone bastante pesado, pero no abandonen), y luego pasaremos a las buenas noticias. Finalmente, compartiré algunos de mis propios pensamientos acerca de cómo manejar nuestra sexualidad desde la perspectiva del Curso.

Pero antes de entrar en las «malas» noticias, quiero subrayar que ellas son sólo la mitad de la historia – la mitad que le corresponde al ego. El Curso no está en contra del sexo, sino en contra del uso que el ego hace del sexo. El sexo, como el cuerpo, no es ni bueno ni malo; no es nada, es neutro en sí. En las manos del ego, el sexo es una decepción no santa empecinada en mantenernos separados: pero en las manos del Espíritu Santo, el sexo es una expresión santa de unión. Mantengamos esto en mente a medida que descendemos ahora a la oscuridad del uso que hace el ego del sexo.

El ego fabricó el sexo con el propósito de mantener la separación

Ésta es una idea que sobresalta, ya que tendemos a asociar el sexo con la unión, pero el Curso nos dice que el cuerpo es a todas luces un mecanismo de separación (T-6.V[4]2:3) hecho por el ego. Si esto es así, entonces todo lo que esté asociado con el cuerpo, incluyendo el sexo, es un mecanismo de separación, por lo menos mientras continuemos identificándonos con el ego. Las siguientes son algunas de las formas en que el ego usa el cuerpo (y a las relaciones especiales enraizadas en el cuerpo) para mantener la separación.

Los deseos físicos, incluyendo el deseo sexual, surgen de la necesidad del ego de confirmar su realidad. Los impulsos físicos son impulsos milagrosos distorsionados por el ego.

El Curso nos dice que todos los apetitos corporales, incluyendo el deseo sexual, vienen no sólo del cuerpo, sino más bien del ego:

Los apetitos son mecanismos para «obtener» que representan la necesidad del ego de ratificarse a sí mismo. Esto es cierto tanto en el caso de los apetitos corporales como en el de las llamadas «necesidades más elevadas del ego». El origen de los apetitos corporales no es físico. El ego considera al cuerpo como su hogar, y trata de satisfacerse a sí mismo a través de él (T-4.11.7:5-8).

¡Qué idea endiablada! Es un dato conocido que los apetitos corporales como el deseo sexual son impulsados por instintos corporales profundos (por ejemplo, el impulso de procreación) y que nos sucede a pesar de nuestra voluntad. Pero según el Curso, los apetitos corporales son la expresión de una decisión hecha por la mente, una decisión de identificarse con el ego y reforzar la realidad del ego. Es cierto que no nos damos cuenta de esta decisión, no obstante es una decisión. Nuestra decisión de experimentar el deseo sexual es la decisión de creer que somos seres limitados, carentes, que debemos buscar fuera de nosotros mismos, a través de fantasías sexuales o encuentros sexuales con otras personas, para completar nuestra carencia. Por lo tanto, esta decisión refuerza la creencia de que estamos separados.

Pero los impulsos físicos son más que simplemente de origen no físico. El Curso también nos dice que en realidad son impulsos milagrosos encubiertos.

Tus percepciones distorsionadas producen una densa envoltura alrededor de los impulsos milagrosos, dificultando que lleguen a tu conciencia. La confusión de los impulsos milagrosos con los impulsos físicos es una de las distorsiones básicas de la percepción. Los impulsos físicos son impulsos milagrosos mal canalizados. Todo placer real procede de hacer la Voluntad de Dios (T-1-VII.1:1-4).

En el dictado original a Helen Schucman, en realidad las palabras «impulsos físicos» aparecen como «impulsos sexuales» (ver Ausencia de Felicidad), y la cita trata las fantasías personales de Helen. La idea aquí es que todos tenemos impulsos milagrosos en lo profundo de nuestras mentes, impulsos que vienen del Espíritu Santo (y Jesús).

Cuando esos impulsos surgen a nuestra conciencia son distorsionadas por el ego, que por supuesto no quiere saber nada de milagros, y entonces se convierten en impulsos físicos. El verdadero placer de hacer la Voluntad de Dios se convierte en el pseudo placer de la estimulación corporal. De esta manera el ego toma impulsos milagrosos, que pondrían fin al ego si se expresaran en su forma pura, y los retuerce hasta convertirlos en un medio para reforzarse a sí mismo y mantener la separación.

Un par de párrafos más adelante (T-1.VII.3), Jesús habla del tema de la fantasía, y dado el contexto original del dictado, yo creo que las fantasías sexuales eran el blanco aquí. Se nos dice que las fantasías son una forma distorsionada de visión (T-1.VII.3:1), que es otra forma de decir que los impulsos físicos (como aquellos asociados con la fantasía sexual), son impulsos milagrosos distorsionados (que surgen de una visión espiritual).

Las fantasías son un intento de controlar la realidad de acuerdo con necesidades falsas (T-1.VII.3:4) en el caso de la fantasía sexual, se refiere a nuestra falsa necesidad de gratificación física.

Las fantasías son un medio para hacer asociaciones falsas y tratar de derivar placer de ellas (T-1.VII.3:6).

Esto es exactamente lo que hacemos en la fantasía sexual: elaboramos escenarios intrincados en nuestras mentes que tienen poca probabilidad de suceder en nuestras vidas (es decir, hacemos «falsas asociaciones») con el propósito de obtener placer físico. Al hacerlo, disfrutamos de una actividad solitaria en la cual no existe ninguna unión real. De este modo rechazamos el milagro, que pondría fin a la necesidad de la fantasía al mostrarnos la naturaleza completamente satisfactoria de la realidad (T-1.VII.3:11), es decir, la realidad de nuestro Ser no físico, sin ego y de nuestra verdadera unión con otros en ese Ser. De esta manera el ego toma impulsos milagrosos –impulsos para extender y unirse con otros en verdadera visión – y los convierte en fantasías sexuales como manera de reforzar y mantener la separación.

Las relaciones especiales, incluyendo las relaciones sexuales, son el sustituto que ofrece el ego para la verdadera unión, que es la unión de las mentes. Esforzarse por lograr la unión física a través de las relaciones especiales, es el medio que usa el ego para evitar la verdadera unión.

La relación de amor especial es el regalo más ostentoso del ego (T-16.V.3:1).

Sobre la base de mi observación del arte del mundo: música, literatura y los medios, yo diría que la forma romántica de la relación especial de amor es la versión más buscada de ese regalo, es más, el aspecto sexual de la relación romántica es la joya en la corona de los regalos del ego (extrañamente, el día antes de comenzar este artículo, escuché un aviso por radio de un joyero local que les exhortaba a los hombres que les den diamantes a sus parejas románticas «para celebrar el fuego y destello de su relación especial»). La mayoría de nosotros cree que las relaciones románticas turbulentas con sexo maravilloso nos salvarán de las adversidades del mundo. Ellos son nuestro refugio en medio de la tormenta de la culpabilidad (T-16.IV.3.1), una unión bendecida en el Cielo (T-16.V.8:3).

Sobre todo vemos las relaciones románticas y la unión sexual que las acompaña, como la experiencia más profunda de unión con otro ser humano que ofrece el mundo. Hasta la mayoría de nuestras religiones consideran el amor sexual como algo dado por Dios, cosa santa, o una hermosa expresión de la Naturaleza divina, fortalecedora de la vida: al menos mientras lo mantengamos dentro de ciertos parámetros morales.

Pero ¿podemos realmente unirnos unos con otros con la unión de nuestros cuerpos de modo romántico y sexual? Según el Curso, no podemos. Las relaciones especiales las inventó el ego como medio de engañarnos para que pensemos que estamos uniéndonos, cuando en realidad estamos cimentando la separación aún más. Son un tipo de unión en que la unión está excluida, pues la exclusión es la base de dicho intento de unión (T-16.V.6:4).

Y esto, sin duda, es aplicable a la unión sexual, una forma en que intentamos «unir los cuerpos»:

Pues [aquellos que tienen miedo de comunicarse verdaderamente] creen que sus mentes son privadas, o, de lo contrario, las perderían, pero que si son únicamente sus cuerpos los que están juntos, sus mentes siguen siendo suyas. La unión de los cuerpos se convierte, por lo tanto, en la forma de mantener la separación de las mentes (T-15.VII.11:5-6).

La verdadera unión ocurre entre mentes, no entre cuerpos. Pero el ego le teme a la verdadera unión, porque eso significaría el fin de la separación, y por lo tanto, el fin del ego. Ya que el ego necesita nuestra lealtad a fin de sobrevivir, y ya que todos nosotros tenemos un ansia genuina de unirnos, el ego debe darnos algo que se le parezca, pero que no lo es en realidad. Por lo tanto, nos ofrece «la unión de cuerpos», que, por supuesto, es lo que intentamos hacer a través del sexo. El sexo dirigido por el ego nos hace creer que realmente nos hemos unido con otra persona, pero en verdad nos mantiene aparte, porque en realidad no incluye la unión de mentes. La unión de nuestros cuerpos es así la forma del ego de asegurarse que nuestras mentes permanezcan tranquilamente aparte. Unir nuestros cuerpos mantiene la separación de nuestras mentes.

El sexo promete la unión pero termina por separar

Creo que es obvio que la mayoría de nosotros consideramos al sexo como una de las grandes formas de unión, tal vez la mayor de todas. Prácticamente adoramos el sexo. Se celebra y exalta al amor romántico, sexual en nuestras canciones, poemas, cuentos, y hasta en nuestra literatura religiosa (como el Cantar de los Cantares en la Biblia, y el Kama Sutra). Pero en realidad, los impulsos sexuales, tal como los fabrica y dirige el ego, son una distorsión del impulso de unión. Distorsiona los impulsos milagrosos, que son la única forma de verdadera unión. Promete la unión con otro, pero en realidad termina excluyendo la mente del otro, que es su única realidad. Resumiendo, mientras el sexo promete la unión, en realidad termina por separar. Confirma que estamos separados y solos. Y este era el propósito del ego todo el tiempo: mantener la separación.

Estas ideas pueden parecer exageradas, pero creo que podemos ver su verdad en nuestra propia experiencia, si es que realmente miramos. Hoy la gente es más sexualmente activa que nunca, y sin embargo, también están más solos que nunca. Tal vez estas ideas no sean tan exageradas después de todo. Tal vez sea cierto que, aunque todos buscamos la unión con Dios y unos con otros, la proximidad física no puede proporcionarla (T-1.11.1:3).

Tal vez el sexo, bajo la dirección del ego, de veras nos hace sentir más separados.

El Espíritu Santo puede utilizar el sexo con el propósito de comunicar la verdadera unión

Es posible que el panorama lúgubre del sexo que se describe arriba nos envíe a todos disparados hacia el monasterio o al convento. Pero hay una contraparte acerca del sexo: no hay nada demasiado sucio para el Espíritu Santo. El mismo cuerpo que el ego usa para mantenernos separados, el Espíritu Santo lo usa como medio de comunicar la verdadera unión:

Recuerda que para el Espíritu Santo el cuerpo es únicamente un medio de comunicación. Al ser el nexo de comunicación entre Dios y Sus Hijos separados, el Espíritu Santo interpreta todo lo que has hecho a la luz de lo que Él es. El ego separa mediante el cuerpo. El Espíritu Santo llega a otros a través de él.

Por lo tanto, el sexo y el romance, en manos del Espíritu Santo, pueden usarse para comunicar una unión de mentes genuina. Esto es similar a la creencia de muchas religiones de que el sexo es santo cuando se usa en una forma amorosa que está de acuerdo con la Voluntad de Dios, o los ritmos de la Naturaleza. Pero hay una distorsión: la religión tradicional generalmente ve el sexo como cosa dada por Dios (o natural) que puede ser corrompido a través de un uso impropio, pero el Curso ve al sexo como cosa dada por el ego (o antinatural), que puede hacerse santo a través de un uso correcto.

¿Hay algo en el Curso que específicamente describa el uso que el Espíritu Santo hace del sexo?
Yo no encuentro nada, pero creo que la visión del Curso acerca del uso que hace el Espíritu Santo del cuerpo puede, por lo general, ser aplicado al sexo. Por ejemplo, he aquí dos citas que se pueden interpretar como el uso que le da el Espíritu Santo al sexo:

El Amor de Dios, por un breve período de tiempo, todavía tiene que expresarse de un cuerpo a otro, ya que la visión es aún muy tenue (T-1.VII.2:3).

Cuando se usa [el cuerpo] con el propósito de unir, se convierte en una hermosa lección de comunión, que tiene valor hasta que la comunión se consuma (T-8.VII.3:4).

La idea de que el sexo puede usarse para comunicar la unión puede parecer una contradicción a la idea presentada arriba de que el sexo no puede lograr la unión. Yo creo que la resolución está en el hecho de que el Espíritu Santo usa el cuerpo para comunicar una unión que de verdad ha sucedido mente-a-mente, mientras que el ego, antes que nada, usa el cuerpo para evitar que suceda la unión mente-a-mente. El ego trata de convencernos de que podemos usar el sexo para lograr la unión; el Espíritu Santo usa el sexo para celebrar la unión. El ego considera los cuerpos como medios de separar las mentes, pero Jesús nos dice que el Espíritu Santo considera a los cuerpos únicamente medios para unir mentes, y para unirlas con la tuya y con la mía (T-8.VII.2:5). Así, el sexo puede evitar la unión o facilitar la unión, dependiendo de quién (o Quién) lo esté usando.

Entonces, ¿cómo debemos lidiar con nuestros deseos sexuales?

Esta es la pregunta que todos nosotros queremos que se conteste, ¿no es así? En pocas palabras, mi respuesta es que no debemos tratar de suprimir deseos sexuales ni sentirnos culpables de ellos, pero sí debemos ser tan honestos como podamos acerca del propósito que tienen. Debemos tratar (a través de la práctica del Curso) de darle la espalda a los usos que el ego da a los impulsos sexuales, y en su lugar, permitir que el Espíritu Santo los use. Como dice el Curso: El Espíritu Santo no quiere privarte de tus relaciones especiales, sino transformarlas (T-17.IV.2:3).

Podemos permitirle redirigir nuestros impulsos sexuales y transformarlos otra vez en impulsos milagrosos.

Las siguientes son algunas de mis observaciones personales acerca del sexo desde la perspectiva del Curso.

Dado que al Curso no le parece nada bien el impulso sexual (por lo menos cuando ese impulso está dirigido por el ego), ¿deberemos practicar el celibato? En sí, el Curso no nos conmina a comportamientos específicos acerca del sexo, de modo que creo que nuestras elecciones sexuales conciernen sólo a uno mismo y al Espíritu Santo. Estoy seguro que hay gente (como monjes y monjas) que han sido verdaderamente llamados a practicar el celibato, y por supuesto, deben honrar su vocación. Pero yo sospecho que el resto, tal vez la mayoría, no ha sido llamada a hacer esto. Para la mayoría, el camino se compondrá de la transformación de nuestra expresión sexual en una expresión más amorosa, más que en su eliminación por completo.

Si no optamos por el celibato, ¿por lo menos debemos adoptar normas de comportamiento acerca del sexo? Nuevamente, el Curso en sí no habla de ellos. Pero no creo que eso signifique que se nos prohíba adoptar tales normas por nosotros mismos si resultan de ayuda. Personalmente creo que adoptar normas de comportamiento sexuales, y enseñárselas a nuestros hijos, es sabio y probablemente necesario, dada la naturaleza volátil e impulsiva de la sexualidad, y las consecuencias trágicas (embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, etc.), que son el resultado de comportamientos sexuales irrestrictos.

Aprender a escuchar al Espíritu Santo lleva práctica, disciplina mental, y cierto nivel de madurez; muchos de nosotros, especialmente la gente más joven, todavía no hemos desarrollado la habilidad de escucharlo claramente y, mientras esto sea así, la mayoría de nuestras respuestas sexuales procederán del ego. La adopción de normas de comportamiento sexuales nos puede proteger de las consecuencias negativas de la sexualidad impulsada por el ego a medida que trabajamos en la sanación de nuestras mentes. Adoptar tales normas estaría en línea con el Curso siempre que no las usemos como sustituto para la curación de la mente, que según nos dice el Curso, es la única manera de lograr la salvación.

Sinceramente, yo mismo soy medianamente tradicional en mi visión de las costumbres sexuales (aunque ratificar las relaciones homosexuales como lo hago, tal vez no sea demasiado tradicional). Personalmente creo en la abstinencia para adolescentes, y que los adultos limiten (voluntariamente, no por ley) sus relaciones sexuales a uniones serias, comprometidas. Hablo sólo por mí y no para el Curso, pero es mi opinión que la práctica de la autodisciplina sexual es lo más amoroso. Cuanto más nuestro comportamiento sexual sea expresión de verdadero amor por otra persona en vez de simplemente un ejercicio de gratificación corporal, tanto más reflejará el propósito que le da el Espíritu Santo al sexo.

Dicho esto, creo que también debiéramos reconocer que el deseo sexual está muy profundamente enraizado, y que no será transformado por el Espíritu Santo de la noche a la mañana. La gran mayoría de nosotros probablemente continuará siendo impulsado por nuestros deseos sexuales del ego durante bastante tiempo; debido a esto, creo que mientras debamos practicar autodisciplina, también debiéramos tenernos compasión. La mayoría, aunque no seamos promiscuos, continuaremos dando rienda suelta a fantasías sexuales y buscaremos gratificarnos a través de ellas en alguna medida. Y si elegimos hacer esto a veces, yo creo que lo peor que podemos hacer es hacer de ello un gran tema y atormentarnos con la culpa. En esas ocasiones, cuando doy rienda suelta a deseos sexuales del ego, me es de ayuda simplemente recordar que aquí no está en juego la salvación. Trato de darle al deseo sexual el mismo tratamiento que el Curso quisiera que le diéramos a la medicina física: recuerdo que la salvación no está en ella, pero que no es pecado hacer uso de ella si no estoy listo para trascenderla. La liberación sexual ocasional no necesita ser distinta de tomar una píldora, un útil recurso temporal a medida que trabajamos en la sanación de nuestra mente. Simplemente reconocer que el sexo no es la salvación, es un paso positivo hacia la sanación de nuestra mente.

Creo que es honesto y sano reconocer que seguramente vamos a estar lidiando con deseos sexuales basados en el ego por mucho tiempo. Aunque nuestras mentes comiencen a sanar, nuestra expresión sexual seguramente será una mezcla de Espíritu Santo y ego. Necesitamos que eso se acepte, aún cuando trabajemos para cambiarlo. Sobre todo, no deberemos permitirnos sentir culpa, ya que la culpa claro está, sólo refuerza al ego.

Conclusión

Finalmente, creo que siempre deberemos recordar que nuestro único deseo real es Dios. Nuestros deseos sexuales son sólo un tenue reflejo del ardiente deseo que tenemos por nuestro Padre. Nuestros deseos sexuales, dirigidos por el ego, nos tironean en dirección contraria a la de nuestro verdadero Amor. Hagamos entonces lo que podamos para darle la espalda a los «regalos» ajados del ego y busquemos nuestro verdadero Amor, Quien es el único que satisfará nuestros anhelos más profundos:

¿Qué puedo buscar, Padre, sino Tu Amor? tal vez crea que lo que busco es otra cosa: algo a lo que le he dado muchos nombres. Mas lo único que busco, o jamás busqué, es Tu Amor. Pues no hay nada más que jamás quisiera realmente encontrar. Quiero recordarte. ¿Qué otra cosa podría desear sino la verdad acerca de mí mismo? (LE.pII.231.1:1-6).

Ejercicio: Transformando nuestros deseos sexuales

He aquí un ejercicio específico que uso algunas veces cuando me enfrento con el deseo sexual.

Primero, me pregunto, «¿Para qué es?» (T-17.VI.2:1) ¿Cuál es el propósito de este deseo? ¿Qué voz promueve este sentimiento en mí? Si siento que es el Espíritu Santo que lo promueve, como podría ser el caso, especialmente en el contexto de mi matrimonio, sigo adelante y lo expreso de alguna forma que sea consistente con mi compromiso con mis votos matrimoniales (para aquellos que no estén en relaciones comprometidas, esto se traduce expresándose en alguna forma que sea consistente con su propia ética sexual, una forma guiada por el Espíritu Santo).

Si siento que es del ego, sigo con el segundo paso:

Pregunto, «¿Cuál es el impulso milagroso que se esconde tras este impulso sexual?» Recuerdo que «Todo placer real procede de hacer la Voluntad de Dios» (T-1.VII.1:4).

Trato de encontrar el impulso milagroso y lo expreso en vez del impulso sexual. En términos de la vida diaria significa que, por ejemplo, si me fijo en una mujer atractiva, tal vez le envíe una bendición silenciosa o seré cortés con ella de alguna forma, en vez de jugar mentalmente con fantasías sexuales con ella. Encuentro que esto es poderoso y efectivo, porque en vez de tratar de suprimir mi deseo, que nunca funciona, lo desvío buscando el deseo puro inspirado por el Espíritu Santo que lo subyace. Aunque no siempre tengo éxito haciendo esto, he tenido suficiente éxito como para saber que los deseos sexuales sí pueden transformarse en milagros, y que cuando eso sucede, me siento mucho más feliz que si le hubiera hecho caso al deseo sexual.

Yo recomiendo esta práctica. Ha funcionado de maravilla para mí, y otros que lo han probado han tenido resultados positivos también. ¿Por qué no lo pruebas la próxima vez que estés lidiando con deseos sexuales?